Estamos en la época de los buenos deseos, de la hermandad entre todos los hombres de buena voluntad (y las mujeres también, claro), los propósitos de cambio, en fin, en la época en que mucha gente siente que la vida que tiene no se parece a la que quisiera tener y que para hacer que esas dos cosas coincidan, llegó la hora de hacer cambios. Es como si viviéramos una temporada preelectoral interna, íntima, en la que nos hacemos promesas y nos autoformulamos planes de acción… que en la mayoría de los casos nunca se cumplirán, tal como sucede con los ganadores de las elecciones: en general los planes de desarrollo no se parecen a las promesas, ni los resultados de le ejecución de esos planes son como lo que decía en el papel. Por eso pocos adelgazan o aprenden inglés o salen de pobres.
A pesar de que todos sabemos que las cosas no se hacen solas, seguimos añorando que así sea, que por una vez en la vida, pase como en las películas. Ojalá este mundo se arreglara y dejáramos de sufrir, que por fin el Centro de Medellín fuera importante para muchas de las personas que toman las decisiones que hicieron a esta ciudad así (en lo público y en lo privado) y a partir del primero de enero tuviéramos una ciudad que nos permitiera vivir y disfrutar como queremos.
Pero, atención, eso nunca va a pasar. Si nosotros, los ciudadanos, no lo hacemos, nadie va a venir a hacerlo por nosotros. Todos los días vivimos las consecuencias de la acción estatal. El último ejemplo es la decisión de saturar al Centro de ventas ambulantes… ¿Ah? ¿Cómo así? ¿Es que no estaba saturado ya? Detrás de la idea de la pobreza, que no es un mito sino la realidad de cientos de miles de personas, la Alcaldía esconde su pésimo manejo del espacio público, la ausencia de una idea coherente sobre lo que el Centro debería ser, que guíe sus políticas, sus inversiones y sus acciones en el corazón de la ciudad. La pobreza se construye, se fortalece y se prolonga en el tiempo destruyendo las fuentes de empleo, alquilando el espacio público a los comerciantes formales, saturando al Centro de ventas ambulantes, tergiversando la iniciativa ciudadana para que no pase del subempleo y la economía de subsistencia.
Pasó 2008 y el balance del gobierno de Alonso Salazar en el Centro no es el mejor. Y no lo decimos solo por el manejo dado a la temporada de fin de año, no. Esto empezó en enero. Esta es la hora que no se sabe quién es la voz cantante del Centro en La Alpujarra. El memorial de agravios que los gremios le enviaron al Alcalde en agosto nunca recibió una respuesta formal de él, sino un informe de actividades de la Gerencia del Centro, por demás farragoso y mal escrito, y dejó en claro que esa oficina no es más que otro puesto burocrático en el organigrama oficial.
Ojalá el año que viene no sea igual o peor que el que termina pero todo parece indicar que así será. Son nuestros mejores deseos para 2009 que nos callen la boca y nos sorprendan en 12 meses con una ciudad como la que pintan en la publicidad oficial. Igual que dijeron los gremios en su carta, estamos a la orden para mejorar esta ciudad porque sabemos que las cosas no se hacen solas. Feliz Navidad y feliz año.
* Publicado originalmente en el periódico Centrópolis el 14 de diciembre de 2008.